Ahí es cuando uno se coloca un silbato, se llena de paciencia y empieza a mediar entre las partes. Algunas veces, con el diálogo (y por que no, una pequeña amenaza) es suficiente. Pero hay unas veces (¿la mayoría?), que hay que recurrir a los castigos y a los time out, para que se comporten y vuelva la paz al hogar.
También, algunas veces no quieren jugar juntos sino cada uno por su lado. Eso esta bien, hasta que el primero empieza: "¡mamá, juega conmigo!" (en tono demandante, además), y el otro sigue: "¡Ah no! así no vale, juega conmigo", y empieza el zarandeo de un lado a otro, cada uno agarrándome una mano y tirando para su lado. En esos momentos uno se vuelve a llenar de paciencia y quisiera que existiera la clonación humana, para no defraudar ni al uno ni al otro, pero como eso no existe, siempre va a ver alguien que salga "perdiendo".
Como mamá, me parte el corazón, cuando les digo que primero voy a jugar con uno y luego con el otro, porque el que "perdió", se devuelve a su cuarto, con el corazón arrugado a esperar que sea su turno para poder jugar con su mamá, mientras que el otro se regodea y hace todo lo posible por ocupar todo el tiempo, "porque su juego es más importante".
Todo esto que les cuento, pasa en mi casa al menos 5 días a la semana (generalmente cuando papá está trabajando), y he aprendido a lidiar con la situación, por ejemplo, les digo que juguemos algo los tres, a veces funciona y otras no, pero llega el momento en el que ni la voz ni el cuerpo dan para más.
Sin embargo, se que esto es parte de ser niño, el obtener la atención de un padre es todo para ellos, y cuando son dos o tres niños, hay que aprender a multiplicarse, pero ¡Cuando no se puede, pues no se puede!, y los niños también deben entender que las cosas no siembre son como ellos quieren. En fin, cuando uno es mamá de dos, también es árbitro, mediador y muchas veces, verdugo!.
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