Cuando mi esposo y yo decidimos tener nuestro segundo hijo, hubo muchas dudas de parte mia, pues estando sola aquí en Medellín, no sabía si podría criar a dos niños sin la ayuda de los abuelitos. Finalmente la decisión se tomó mas que todo por Sofía, ya que nos parecía importante que ella tuviera con quien compartir sus juegos y sus travesuras, que aprendiera a que ella no era el centro de la casa.
Nueve meses después, nació Alejandro. Como Alejo llegó al rededor de las dos de la mañana, sofi se tuvo que quedar en la casa al cuidado de unos amigos y yo estaba muy nerviosa de la reacción que tendría al ver esa pequeña personita que iba a invadirle SU espacio, pero todo transcurrió bien.
Al principio (y bueno, creo que lo sigue siendo), Alejo era el juguete de Sofía. Lo acariciaba, le cantaba, me ayudaba a cambiarlo y hasta a darle de comer, pero nunca habían interactuado más de ahí...hasta ahora. Ayer mi hijo cumplió un año y está más entendido, interactúa más con su hermana mayor y a mi me encanta verlos jugar.
Hoy, por ejemplo, Sofía lo perseguía y el gateaba para que no la alcanzara, y al contrario, Sofi lo llamaba y el la perseguía hasta que los dos terminaban escondidos en la carpita del cuarto de Sofi, todos muertos de la risa y eso me iluminó el rostro y reafirmé el hecho de que habíamos hecho lo correcto.
El amor de hermanos, al igual que el de los padres, es incondicional. Quiero creer que cuando crezcan, los dos se cuidarán entre sí, irán a fiestas juntos (!por qué no!), se taparán sus travesuras y serán consejeros el uno del otro, por que para eso son los hermanos, para apoyarse en las buenas y en las malas. Tener un hermano es el mejor regalo que los padres le pueden dar a uno, y por esto, hay que atesorarlos, cuidarlos y amarlos siempre!!!
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