Cuando llegamos a Medellín, hace ya cuatro años, decidimos que yo dejaría de trabajar para dedicarme a mi bebé. Al principio, fue una decisión difícil, pues yo estaba acostumbrada a trabajar desde que me gradué de la universidad, y ahora estaría en un rol completamente diferente: el de ser mamá.
Al llegar mi hija mayor, el primer mes fue relativamente fácil pues tenia la ayuda de mi mamá y de mi esposo, pero cuando mi esposo volvió al trabajo y mi mamá de regreso a Bogotá, la cosa cambió del cielo a la tierra. Sergio se iba todas las mañanas para el trabajo y yo me quedaba jugando, cambiando pañales, y dando de comer a una criatura indefensa y para el final del día, yo anhelaba cama y una conversación de adulto.
Pero fue pasando el tiempo y cada día mi hija iba interactuando más y yo me divertía cada vez más. Me hacía reír con sus monerías, la observaba mientras que descubría su mundo, la amaba cada día más, y nunca me arrepentí de haberme quedado en casa.
Después de que nació mi segundo hijo, seguimos con la idea de quedarme en casa. Mi hija mayor ya estaba en guardería, así que al principio era lo mismo: yo me quedaba sola con este pedacito de cielo para darle de comer, cambiarlo, y jugar. Esa era (y sigue siendo) mi rutina, pero cada día la disfruto más, porque ese es mi trabajo.
Hoy en día, cuando llevo mi hija al parque, me sorprendo de que la mayoría de los amiguitos bajan con la empleada o niñera. No juzgo a las mamás que trabajan, antes las admiro porque no es fácil dejar su chiquito al cuidado de otra persona y solo verlo unas horas en la mañana y otras horas en la noche; sin embargo, las niñeras no le dan toda la atención y el amor que el niño o niña necesitan, sólo se limitan a sentarse con las demás empleadas a "chismear" y de vez en cuando miran a ver si el niño esta bien, y eso es lo que me da lástima.
Por otro lado (y no lo digo para echarme flores), mi caso es diferente. Cuando bajo con mis hijos al parque, trato de involucrarme en sus juegos. Alejo todavía esta muy chiquito y sólo gatea y explora por ahí, pero Sofía quiere que yo este con ella, que la escuche, que juguemos a las princesas, y eso me encanta. Mientras que las niñeras están conversando entre ellas, yo juego con mi hija a que éramos unas princesas saltando en el trampolín o que yo soy Sofía y ella es mi profesora.
Esa sensación de involucrarse con los hijos en los juegos, verlos crecer todos los días, reconfortarlos cuando se caen y simplemente estar ahí para darles un abrazo, no la cambiaría por nada. Mucha gente me pregunta si algún día voy a volver a trabajar, pero para mí este es mi trabajo, una actividad que amo a pesar de terminar cansada en las noches; algún día cambiaré de trabajo, por uno que tenga un salario, pero por ahora, la remuneración mas grande es ver a mis hijos felices.